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Correr para vivir. Vivir para correr.

Mi nombre es Iván González y tengo 27 años. Desde que tuve uso de razón pensé que el trabajo sería una de mis prioridades en el día a día. Una cuestión de educación, de costumbres, de ver que la gente que te rodea considera que para sacar adelante a su familia, a sus hijos, es necesario ese esfuerzo que te consume durante los mejores años de tu vida. Sin pensar que mañana puede ser el último día, que en cualquier momento un accidente o una enfermedad puede cruzarse en tu camino y destrozar esos sueños que construiste a base de sudor y lágrimas. A veces necesitas un golpe que podría ser letal para darte cuenta de lo que realmente importa, para que un chip se active en tu cerebro y una voz interior te diga que aquello cuanto te planteaste durante la mayor parte de tu existencia no fue del todo acertado. En mi caso ese golpe fue terrible, un puñetazo en la boca del estómago que te deja sin aire y que tiene nombre propio: leucemia.

El apoyo de Edén, la mujer a la que amo y a la que quise y querré mientras viva, dos hijos preciosos, Mateo y Sofía, y el cariño de familia y amigos son el sustento de mi existencia, algo sin lo que casi nada tendría sentido. Pero nalmente sientes que necesitas algo más. Una actividad que no te permita estancarte en la rutina, que impida que te consumas tirado en un sofá, que no te haga quedarte en casa mientras el minutero descuenta segundos a una vida que, como todas, tiene fecha de caducidad, pero que especialmente en mi caso es pura incertidumbre, pues depende de los resultados que obtenga en mis análisis semestrales. Nunca me gustó correr, no lo consideraba un deporte y jamás pensé en practicarlo cuando trabajaba. No tenía tiempo, y tampoco me motivaba especialmente. Pero todo cambió cuando me diagnosticaron la leucemia. Pensé que la práctica de un deporte podría suponer una mejora en mi salud, así que realicé mis primeras salidas por el asfalto, durante 5 o 10 minutos. Pronto me pareció poco, y aproveché que vivo en un pueblecito en los alrededores de Avilés para comenzar a practicar trail running. Pasé la mayor parte de mi vida en el campo, rodeado de vacas y caballos, trabajando cuando tenía tiempo libre, y ahora que disponía de muchas horas al día empecé a disfrutar del monte, del campo, de los ríos, de los bosques y de la naturaleza como realmente hay que hacerlo: sintiéndote parte de ese entorno, mezclándote con él, confundiéndote con todo aquello que da sentido a este mundo. Las salidas se hicieron cada vez más largas, y las travesías de menos de una hora pronto pasaron a ser de varias, en entornos cada vez más inhóspitos, más salvajes, más alejados de la mano del hombre, disfrutando de la libertad y del sonido del silencio.

 

Para mi correr es vivir, y cada una de esas carreras de larga distancia es una radiografía de mi vida. Una lucha contra los elementos, contra la adversidad, contra el clima, contra otros adversarios que probablemente no tengan mi problema de salud, pero tampoco mi motivación. Mi enfermedad es mi fortaleza, es aquello que me impulsa a mejorar y a llegar más lejos, a superarme. Correr para mi no es competir, es demostrarme día a día que ninguna distancia puede vencerme cuando la fuerza de voluntad lo es todo, cuando lo único que importa es hacerme ver que la línea de meta no es un objetivo, sino un punto más en la línea de mi vida. Un lugar al que llegar y a partir del cual comenzaré una nueva carrera que me llevará al siguiente, y de ahí a otro, en una sucesión que espero no termine nunca. Mi existencia desde hace 2 años es una carrera de fondo con sus cuestas, sus descensos, sus días lluviosos y fríos, su sudor y sus lágrimas, pero también con los días soleados y cálidos que iluminan los momentos más oscuros, con ese viento de la montaña que te azota la cara y te insufla energía, vitalidad, brío, vigor y fuerza para seguir un poco más. Pero sobre todo por la alegría que otorga llegar a esa línea de meta, una más, y comprobar que tras ella se encuentra aquello a lo que más amas, aquellas personas sin las que nada tiene sentido, y que te siguen al último confín del mundo para darte su apoyo desinteresado, basado en el más puro y sentido amor.

Prólogo de Mis Primeras Zancadas, todos los beneficios serán destinados a la Fundación Josep Carreras de Lucha contra la Leucemia.